jueves, 9 de enero de 2014

“¡Va por vds: Mi primera clase de Lógica”

Toda persona decente tiene su cirineo. Yo no tenía ninguno…exceptuando los destilados…¡que fueron también mi cruz!

Lo primero que hice aquella infausta mañana de comienzos de octubre de 1976 fue un trueque: unas monedas por un vaso de orujo. Sentí  la llamada irrefrenable del aguardiente antes de la hora acostumbrada. Y cuando uno empieza a pimplar antes de la hora acostumbrada el día se presenta tan cargado de acontecimientos, como el Serengueti  de animales salvajes.  Una copa es ninguna, así que pedí otra. Y un croissant. Y otra para despegar los restos del cielo del paladar.

Empezaba la clase, ¡la primera!, a las 9 y eran las 9’05. Pillé un taxi que me depositó a las puertas de la más grande institución del saber de la pequeña ciudad de provincias. Crucé el claustro como un ñu y antes de llegar a la cima, tropecé en el último escalón. Las gafas se hicieron migas, me destrocé la nariz y, de paso, arruiné el traje de lino color crudo. No había manera de parar la hemorragia: lo intenté con la mano, con unos apuntes que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y, finalmente, con la chaqueta misma. Y así, de esta guisa, irrumpí en el aula que hubiera debido ser mi segunda casa (en realidad la única, como verán) durante, al menos un curso escolar.

La clientela se quedó pasmada. Eran los días más duros del final de la dictadura, aquellos en los que el río tumultuoso de la tiranía intentaba desembocar en el mar tranquilo de la democracia. Incidentes cruentos estaban a la orden del día.

Una joven me ofreció unos clínex que olían a violetas.  Un estudiante repugnante impedía por todos los medios que me viniera abajo. Y todos, en general, mostraban  su condolencia.  Pasó la sorpresa inicial y ocupó su lugar la expectación.

Se me había “contratado” como “ayudante de departamento” para hacerme cargo de la “Introducción a la Lógica simbólica I” e “Introducción a la Lógica simbólica II” de primero y segundo de Filosofía: 4 horas a la semana. Durante ese periodo debería pensar un tema al que dedicar cuatro años de mi vida futura y, así, asegurarme un contrato.

Todavía asistido por el estudiante repugnante, subí al estrado y desde allí, como superviviente de una mañana de “cristales rotos”, balbuceé:

--En estas condiciones no puedo impartir docencia.

No había hecho más que constatar un hecho. Un atronador aplauso llenó la vetusta sala. Estimulado, continué:

--Si la lógica es lógica (cosa que habría que demostrar): lo que mal empieza mal acaba. Y me temo que ha empezado mal. El orujo se hacía notar sobre el fondo de una pérdida generalizada de fuerza vital. El repugnante me sostenía como un trofeo. Como cuando se gana la copa de Europa. Permítanme que me retire. El curso empezará la semana próxima. Antes tengo que poner orden y tomar…ciertas decisiones.

Salí dando un glorioso traspiés. Un murmullo de indignación que rápidamente se convirtió en proclama democrática, casi revolucionaria, me dio aire y precipitó mi salida.

De entre la inmensa oferta inmobiliaria había elegido un piso (principal) que no logré colonizar por completo. La parte de atrás, que daba al patio de luces (¡¡) me era completamente desconocida. De la primera visita me quedó una imagen amenazadora y lúgubre. La habitación, con lavabo incorporado, que daba a Cetina, tenía un balcón. El contenido: Un somier, sin cama ni colchón, reforzado con un palo de fregona y cubierto de papeles. Una caja grande, de frigorífico, servía de armario. Y Una mesa de aluminio con dos sillas del mismo material, sustraídas una noche de borrachera. Los libros, por el suelo. Para la ducha y demás, estaban los bares, los conocidos y las eventuales relaciones.

La puerta no cerró jamás. En el hueco de la escalera habitaba “Diógenes”, recogedor de cartones, que me surtía de tan preciado bien.

Era evidente la provisionalidad y la premura.

En cuanto perdí de vista el centro irradiador de sabiduría, me lancé a un bar. El camarero echó, por instinto, mano al mazo y ya estaba a punto de saltar la barra, cuando pude articular:

--He sido víctima de una cobarde agresión. Permítame adecentarme en el lavabo y póngame un vaso de orujo para templar los nervios.

La sangre había hecho costra sobre la nariz y alrededores. La camisa lucía inquietante. La chaqueta parecía la de un torero temerario y los pantalones empezaban a enrojecer por las rodillas. Me soplé el vaso de aguardiente y pedí otro.

--¿Quiere que llame a la policía?  Los propietarios siempre tan dispuestos.

--¡Olvídelo, jefe!

Salí a la calle. El calor todavía era fuerte. Así que a la costra se unía el sudor que naciendo límpido en la frente, se  volvía rojo tras su paso por el apéndice nasal. Mi cara parecía la cuenca del Misisipí. Y mi camisa el Golfo de Méjico.

--¿Me equivoco o eres Kino?

He ahí una disyunción exclusiva: no pueden ser las dos proposiciones verdaderas a la vez. Ni falsas. No se equivocaba. Ni yo tampoco: tenía ante mí al capullo más grande que me ha sido dado conocer. Aún sin gafas, por el olor, lo reconocí. Un olor rancio, a grasa echada a perder.

--Admiro tu sagacidad.

--Pareces un cochino a medio degollar.

Lo que decía: la sutileza, la amabilidad, la oportunidad…

--Lo intenté con la oreja, pero me tembló el pulso.

--Bueno, bueno y bueno… ¡quién te ha visto y quién te ve!

--¡Tú!

--¿Qué es de tu vida?... aparte de intentar descuartizarte.

Lucía un moreno “Mar Menor”, pantalón de raya y camisa blanca de manga corta. Cinturón de cuero marrón. Zapatos-mocasines y, supongo, calcetines negros tipo ejecutivo, de esos que cortan la circulación de la sangre.

--¿Puedes invitarme a una ducha?

--¿Y eso?

El único problema eran los pantalones, como funda de barril de brandi: anchos y cortos. Por lo demás, recuperé la presencia.

--Pues yo acabé derecho en Valencia y, ahora trabajo en el bufete de mi padre.

--Yo sigo dando tumbos…

--¡Eso es evidente!

--¿No tienes nada de beber?...que no sea agua. Añado la apostilla para evitar oírla de su boca.

--Lo siento, ni bebo ni fumo, se acabó…

Se acabó ¿qué? El pobre imbécil nunca empezó nada…aunque siempre lo acababa todo. La única vez que lo vi soplar fue un Martini blanco con una oliva rellena y no paró de reír en toda la tarde. Lanzaba exclamaciones propias de beodo, saludaba a todo el mundo de manera chabacana…hasta que un transeúnte le arreó una bofetada que le dejó marcados los dedos: como si se hubiera quedado dormido 12 horas bajo el sol del Mar Menor con la mano abierta en la mejilla.

--Bueno, pues, gracias por la ducha y por la ropa.

Metí la ropa ensangrentada en una bolsa de basura y salí como salen los asesinos después de haber descuartizado a su víctima.

Parecía una barca con las velas infladas por los vientos del infortunio.

La  “hora del ángelus” había pasado y los ciudadanos se apresuraban para el aperitivo. Así es en provincias: el aperitivo corta el día en dos: la primera, discretamente febril  y expectante. La segunda, de un aburrimiento mortal y resignado. Y el corte ha de ser limpio, a menos que se quiera pasar por un ser anacrónico y paradójico o, directamente, un “sin techo”…Lo cual no era, exactamente, mi caso.

Naturalmente que tenía intención de llegar a mi “casa” y hacia allí me dirigía. Pero no se puede ir contracorriente de una forma tan desafiante y desaliñada; así que yo también entré en un bar. Me acodé en la barra, de perfil, y pedí una cerveza y un huevo duro (había sentido ese hambre repentina que asalta de vez en cuando a los borrachos y que se sacia con algo redondo, compacto y autosuficiente). Cerré con un carajillo y un cigarro. Por las voces, por alguna presencia cercana y por la rechifla general, constaté que el bar estaba lleno de estudiantes. Olí a violetas.
Había olvidado por completo mi aspecto y el contenido sangriento de la bolsa.

--¿No parece aquel chiflado el de esta mañana?


--Anacrónico y paradójico, diría yo.

--Para el caso…

El perfume a violetas se intensifica. Una sombra se perfila. Se acerca. Ya está aquí: ¡es la chica de los clínex!


--¿Se encuentra mejor?

--Podría decirse que sí. Pero también que no.

 --¿Qué decide?

--¡Que sí! Perdone por el atuendo, pero…

--Es comprensible.

--Sí, es comprensible…Pero ¿se comprende?

--Esta ciudad está plagada de fascistas. Los hay por todas partes. ¿Ve vd…

--Tutéame, por favor. No te llevo muchos años.

--Bueno, ¿ves aquella mesa del rincón, junto a la cristalera?

--No.

--Si, hombre. Aquella a la que están sentados cuatro jóvenes con el jersey por los hombros.

--No. No llevo gafas. Se me rompieron esta mañana.

--O sea que tampoco verás la banderita de España que llevan pegada en el reloj. ¡Son de Fuerza Nueva!

--En efecto, no la veo: Fijándome con aplicación.

Precisamente del rincón al que miraba sin ver, se alzaron dos bultos. Cuando estuvieron a metro y medio se manifestaron como armarios roperos.

--¿Me equivoco o estáis hablando de nosotros?

Esta es la ciudad de las disyunciones exclusivas. La de los clínex y las violetas se retira.



--Estábamos, ¡pero no estamos!

--A ti, payaso, te va a perder la lógica.

--No lo sabe vd. bien. Por lo demás, tengamos la fiesta en paz que bastante jodida va la cosa.

--Y más jodida que se va a poner: ¡Haz el favor, velero impulsado por aires de infortunio, de alzar el brazo y cantar con nosotros el “Cara al Sol”.
 

Los clientes y empleados se concentran en lo suyo. El foco está centrado exclusivamente en nosotros: un cliente de perfil y dos mozalbetes con el jersey sobre los hombros. El cliente está siendo zarandeado. Se le retuerce el brazo derecho y se le pisan los pies. Con algún brazo libre se le retuerce la nariz que vuelve a sangrar como el grifo de la cerveza.

--¿No querías “libertad sin ira”?...¡Pues toma!

Yo no soportaba esa canción, ni a los “Jarcha” ni a la madre que los parió. Fue oírla y sentirme imbuido de una fuerza superlativa, rabiosa… y, extasiado por los restos de perfume de violetas, le arreé un cabezazo al que me pisaba los pies que lo tumbé en la lona, entre las cáscaras de los mejillones y los desperdicios de las almortas. Fue lo último que recuerdo. Lo que siguió lo sé por revelación. Vinieron los otros dos muebles: el sofá y la mesa de camilla y me patearon de lo lindo. A gritos de “¡Viva España! ¡Viva Cristo Rey!”  el local se fue vaciando…algunos se fueron sin pagar.

Cuando llegó la policía, yo seguía allí…los demás, no. Cubierto de inmundicias y sangrando como un cerdo (ahora sí). Me levantaron del suelo. Me permitieron tomar una copita de coñá para los nervios y pasaron directamente a tomar nota.


--Así que profesor de Lógica… ¿Me equivoco?

--Se lo acabo de decir… ¿cómo se va a equivocar?

--Tiene guasa el jenares este.

--¿Y se puede saber qué llevas en esa saca?..¿La ropa sucia?

--Pues sí. Sí señor, la ropa sucia.

El otro, eran dos, había pedido otro copuzo de coñá y se lo pimplaba con delectación: casi lamía la copa.


--¿Puedes abrirla?

--¡Sí señor!

Pasó un minuto largo.


--¿A qué esperas?

--¿A que me dé la orden?
,
--¡Abre la saca de una puta vez…y no te hagas el gracioso!

--A tí la lógica te va a perder. Dijo el otro. Y con un gesto marcial se echó al coleto el culín de coñá que le quedaba.

No me venía ninguna explicación coherente (ni incoherente). Así que fui sacando en silencio la ropa ensangrentada. Ellos esperaban algún resto: unos cuartos traseros, o una pierna con calcetín de ejecutivo, de esos que cortan la circulación de la sangre.


--¿Eso es todo?

 --¿Y el resto?

--¿Qué resto?

--El “contenido” de ese “continente” sangriento.

--Es un poco largo de explicar.

--Tendrás tiempo en la comisaría. ¡Carnicero!

Había pasado de cerdo degollado a matarife, gracias a la milagrosa intervención del cuerpo policial.

No tuve arrestos para llamar al “abogado” y no sabía el teléfono de la de las violetas. Y tampoco entereza suficiente para iniciar el curso de Lógica Simbólica. Al día siguiente recogí mis cosas me despedí de "Diógenes" y me marché de aquella pequeña ciudad de provincias, poniendo fin a un prometedor “futuro”…Y abriendo la puerta de par en par al “imperfecto de subjuntivo”.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

mi calle



¡¡Va por vds.!!





 Al verse abandonada, cumplió tríadas cada año, con una aplicación ejemplar e incomprensible. Ya sólo quedaba ella… ¡la hermosa Margarita!...empleó sus mejores años en cosas de sacristía y los peores los entregó a la extrema derecha local, que no se dignó (¿) a depositar ni una corona mortuoria en el tanatorio…Ni una flor... ¡vergüenza!...

De los 50 números de mi calle, el 25 lo ostentaba mi casa…de tal manera que mirando a izquierda y derecha captaba en un plis-plas lo que se cocía…y no sólo en sentido figurado.
Uno de los tontos del pueblo vivía en el 21…fue el primero en romper el fuego. Muerto el tonto, todos se reconocieron expuestos. La muerte dejó de divertirse con las excentricidades de nuestro vecino y decidió cortar por lo sano. Lo encontraron sin vida en el patio, mientras echaba el grano las gallinas. Las gallinas le habían picoteado la cara y, en especial los ojos…extraño cereal; una sincera sonrisa, como si hubiera recientemente pronunciado: ¡tiita!...¡tiita!  hizo creer que se trataba de una broma de tonto…hasta que, con el pie, se cercioraron de que llevaba muerto algunas horas y que no se trataba de una tontería.
La iglesia se encargó de todo y le hizo un  servicio completo…¡gratis. Lo enterraron en un nicho transitorio y al cabo de algunos años, cuando fueron a transportar los huesos para su destino definitivo…seguía con su sonrisa de tonto…así que lo dejaron donde estaba y colocaron un epitafio: “Aquí yace Juanico que se rie de la muerte”
La casa quedó vacía y fue, con los años, ocupada por una familia moldava, cercana a la frontera con Rumania.

En el 17 vivía uno de los dos sastres de la calle. Cojo del pie derecho que montaba sobre una plataforma de veinte centímetros. Viudo y en permanente oscuridad…cuando cortaba un traje de colores claros una desacostumbrada claridad salía a raudales por las ventanas y por la puerta, tres escalones sobre el nivel de la calle. En su favor, sus dos hermosas hijas: una, muda…pero igualmente hermosa, si no más, por ese motivo. Ambas se quedaron para vestir santos, lo cual vimos como una lubricada consecuencia y muestra de amor filial.
Ya mayores, desaparecieron y nunca más se habló de ellas ni del sastre. No consiguieron echar raíces.
La casa estuvo vacía durante años, cuando la compró una pareja ecuatoriana de la zona de Jipijapa.

Para el que vivía en el número 27, sastre también, esa pérdida o desaparición no fue sentida de una manera profunda. Algo diría, pero sin demasiada convicción. La verdad es que cortaba con más alegría y luz…trazaba líneas azules y blancas a la vista de todos los que quisieran ver. Dibujaba mangas y perneras con la soltura de quien se sabe único. Siempre llevaba la cinta métrica sobre los hombros. Su mujer, costurera, remataba ojales, cosía botones y, sobre todo, mostraba su belleza (¡todos en mi calle éramos guapos!) a quien quisiera verla. Mi madre se empeñó en vestirme de mafioso, (con un tres piezas de finas rayas verticales sobre un fondo azul celeste (pero de un día de calor metálico))… ¡y lo consiguió!...El sastre se ajustó al máximo a los deseos y presentimientos de mi madre.
Todo parecía ir bien. Sólo que querían tener un hijo y éste no venía. Cuando todo parecía perdido, vino al mundo un hermoso niño que, a los pocos meses, se descubrió con una insobornable y furiosa afición a tocar la batería: al principio fueron cajas de cartón, después botes de tomate en conserva y, por último un verdadera Silver Star VK 50S  SKS Sky Blue Sparkle…como paso previo al campo de lo profesional-profesional.
Un accidente de moto truncó tan esperanzadora carrera y sumió al sastre en un absoluto olvido del mundo y de sí mismo…y al vecindario en un silencio lleno de remordimientos.
Sastre y  costurera se trasladaron a la casa de la madre de ella y, allí, las mujeres rezan, por el
alma sonora del deseado…mientras el marido sigue los ritmos con las alas de su alma desquiciada. No sé qué será de ellos. La casa fue cubierta con placas de hormigón…para que no se escapara ni el más mínimo compás del infeliz que acabó su vida a lomos de una Rieju de 125 c.c.

En el número 31 vivía “el de los muertos”…cada mes recorría el pueblo recordándonos la fugacidad de la vida y la obligación de pagar la cuota del Ocaso.  Para nosotros, niños, “pagar el Ocaso” fue la primera figura poética. El pionero, con el recuerdo de la brevedad de la vida, dejaba caer proposiciones sicalípticas.  Sólo cuando  cambió el adjetivo recogió algunos frutos.
El primogénito heredó el metro cincuenta, la propensión priápica (¿) y el talonario de los cupones. Se cambió al número 17 y la casa antigua la vendió a una familia magrebí.
Dueño del  moderno tanatorio (detrás de la casa número 25), donde acaban de velar a la hermosa margarita… ¡la fascista!

El 17 no era propiamente una casa, era una guarida de 2 x 6 al fondo de la cual, un remendón se entregaba con alegría a la tarea de resucitar zapatos. De su boca llena de clavitos salían verdades como puños: “Cada cual es cada quién”…”lo más seguro es que Quién sabe”…y sentencias por el estilo. Pasaba, inútil decirlo, por la cabeza pensante de la calle. Coleccionaba “La Codorniz” que dejaba, amontonadas, a disposición de los clientes y, si se me permite, de los flâneurs, que se paraban gustosos a cruzar profundidades con el oráculo. Un día desapareció y a los pocos días echaron abajo el cuchitril que estuvo como solar, rebosante de plantas de aceite de ricino, hasta que el primogénito del agente del Ocaso edificó sobre las huellas del cuchitril y el insospechado patio trasero, su hogar familiar.

En el 29 vivía una familia de polvoristas que nos compraba las pieles de naranja para hacer sus experimentos. Fueron famosos en toda la región gracias a la continuidad y seguridad de sus tracas de Candelaria. De vez en cuando surgían por las ventanas extraños fogonazos y un olor sulfuroso recorría la calle y volvía a introducirse por donde había salido…Aparte de esas glorias anotaremos en su haber el viaje del orinal de la familia. Fue un día de riada. El agua bajaba desde el río, entraba en las casa y se llevaba lo que buena o malamente podía. En su casa entró mansa, elevó la bacinilla y la sacó como un diminuto paso de semana santa…Llegó impasible, entre la admiración del vecindario hasta la punta de la calle, donde torció a la derecha y la perdimos de vista.
Con el tiempo montaron una gasolinera que, actualmente, conducen los vástagos más recientes.
La casa está cerrada. Por fuera no muestra los destrozos interiores.

La casa número 33 era un ventorrillo: vino, cerveza, gaseosa, coñá, anís  y caracoles, patatas asadas o michirones…Sin deseos de renovación o sin capacidad comercial, cerró en la época de los seiscientos, cuando el “desarrollismo”. Mi padre se vio obligado a excursiones un poco más largas pero igualmente productivas.

Más allá y más acá (de la fila de los impares)… todo nebuloso. Sabía de una zapatería… de un bar de tapas modernas. Alguien a quien llamábamos “Go’hlà” (no sé cómo escribirlo) vivía en uno de los extremos. Pasaba más de medio año en Suiza y cada vez que volvía lo hacía con un coche diferente…todos deportivos, y, a veces, con mujeres. Lucía pantalones de cintura y cadera estrechas y pata de plantígrado. Bailaba a la última y gustaba de ciertas expresiones francesas que dejaba caer como colillas. Por mí, que era un niño, sentía cierto aprecio y, tengo para mí, que quería inculcarme el gusto por la aventura y el desprecio por estos miserables cincuenta números. No sé qué fue de él. Era alto y guapo (como todos los de la calle).
Para equilibrar la calle, en el otro extremo, vivía el “Tibiques”, albañil, alto como un ciprés…era el rival del “Go’hlà”…se ignoraban amablemente y rivalizaban en fanfarronadas y en simpatía… ¡guapo! (como todos los de la calle). De éste sé que murió de cirrosis.
De sus casas no sé qué se ha hecho.

El número 25, la nuestra, era todo una complicación. En la planta baja, una ruina de la que sacabas capazos de tierra cada mañana, vivía otro zapatero…el único feo de la calle…un Charles Laughton de belfo hipertrofiado y de una gordura deformada por horas y horas de banqueta. Todo olía a cuero y tinturas y se respiraba intranquilidad porque mi madre quería que se marcharan (eran de un pueblo vecino…tampoco echaron raíces) y él esgrimía sus derechos por escrito. A mi madre los escritos no le decían nada…sólo los gritos. Un día, cogió el yunque, las hormas y varios sacos de material y desapareció…dejándonos a deber varios meses de alquiler, lo que a mi madre sumió en la desesperación que compartió con toda la calle. La deuda no daría ni para tomarte un plato de michirones con una botella de vino…Pero así eran las cosas.
El piso de arriba, la parte noble (una habitación embaldosada y adornada con un tresillo esquelético) la ocupaba el practicante del pueblo. Nosotros, cuando estábamos, ocupábamos las otras tres habitaciones y la cocina. Respecto al váter estábamos a merced del zapatero. Te levantabas y te encontrabas con una fila de, sobre todo, mujeres, que iban a ponerse inyecciones o a saber qué. El practicante acabó en una silla de ruedas antes de echar raíces en el cementerio del pueblo.
Una vez en posesión de toda la casa vinieron los problemas. Pero como dios aprieta, pero no ahoga, le tocó la lotería a mi padre y, tras pegarle un suculento pellizco para sus aficiones, dejó algo para el arreglo: Se cegó el misterioso pozo. Se echó abajo la acogedora chimenea. Se igualaron hornacinas. Se sustituyeron las frágiles y delicadas puertas de cristaleras y se dejó todo a la altura de las exigencias  de los nacientes años 70.

Las impares daban por la parte de atrás a lo que llamábamos “el merancho”, un reguero de aguas turbias donde las cañas brotaban de un día para otro y las ratas anidaban por derecho propio. El campo de fútbol limitaba con esa franja dudosa. Para los enfrentamientos salíamos vestidos (los de los impares) a través de los cañaverales. Y ya empezábamos los partidos con más heridas que los visitantes al finalizar el encuentro.
La casa quedó vacía tras la muerte de la viuda y la dispersión de los descendientes. Está a la venta y ni dios se interesa por ella.

Frente al número 25, estaba el 26. Allí vivió y murió Margarita…La más joven y hermosa de las antiguas. Agotó y agostó su tiempo esperando no sé qué. Tampoco sé  lo que le unía a los de la casa 28… ¿lazos familiares?

Los del 28 tenían la única tienda del pueblo que tenía un verdadero escaparate que, incluso, se encendía por las noches. Vendían ropa; pero también regalos, juguetes…Entrabas y sonaba una campanilla delicada y daba gusto entrar por el sonido. La noche de reyes era el centro del pueblo: las mujeres salían con espadas de romano (de plástico)… con pistolas que disparaban un tapón… pistolas de agua…y  algunos juguetes más complicados que contenían mecanismos inalcanzables. Sus cuotas eran tan fijas como las del Ocaso.
Ambos conyugues perdieron la cabeza al mismo tiempo y todo se sumió en un caos que duró hasta que los hijos decidieron, antes de la ruina completa,  poner fin a la aventura comercial, derruir la casa y construir otra con portero eléctrico.

El 24 la ocupaba Rita y su marido (siempre pensé que era su padre). La señora Rita era modista y allí me refugiaba cuando mi madre no estaba en casa. Era una casa “señorial”, con espacios adecuados para cada quehacer. No como las otras en donde todo se hacía en cualquier sitio. Cuarto de coser…cuarto de estar…comedor…etc…etc…
El marido (¿) tendría, cuando yo tenía 4 ó 5 años, unos 90 años. Alto como un San Juan, delgado y huesudo como un junco. Tenía las manos enormes y la cabeza (cara incluida) parecía provenir directamente de la tumba (a donde volvería de un momento a otro). Leía, sentado en el portal de la casa 25, novelas de Marcial Lafuente Estefanía…una tras otra…y sus dedos de sarmiento se crispaban según la lógica del gatillo.  Sentado en el portal de la casa revivía de forma vívida los desiertos de Arizona, las peleas de Saloon y se limpiaba con el dorso de la mano cada vez que los personajes se pimplaban un lingotazo de güisqui.
Me daba miedo. Se rumoreaba no sé qué cosas de la guerra y que él había hecho no sé qué… A veces me contaba, con voz de ultratumba, cosas de cuando él era pequeño y de sus padres y de su abuelo…¡nunca de la guerra! Echemos cuentas: Era el año (pongamos) 1957…él tendría 90. Nacería en 1867 (pongamos)…su padre nacería en 1830 (pongamos)…Su abuelo, en 1800 (¡¡)
O sea que yo, si llegara a esa provecta edad y hablara con un niño de 5 años (sería el año 2035) podría contarle, de primera mano, cosas de 1800 (¡¡)…¡Bárbaro!...
La casa sigue siendo habitada por los descendientes: hija, separada de un chuleta devenido paralítico; nieto, sidótico y bisnieto, con pérdida de masa cerebral…¡Todo un repertorio de los males de nuestro tiempo!

La casa 22 era de la carnicera: morcillas, longaniza y mondongos…La carne más delicada era por encargo. Cuando había cordero lo colgaba en un garfio que para tal efecto había colocado a un lado de la puerta de entrada. Las tertulias en las noches de verano se hacían bajo sus efluvios alimenticios.
Una vez al año hacía matanza: los gritos del cochino empezaban el día anterior. Si alguien ha oído gritar premonitoriamente a un cerdo no lo olvida nunca. Se le inmovilizaba atándole los pies y las manos. Se le acostaba en un banco y sin preámbulos ni piedad, se le clavaba un estilete en la yugular. La sangre llegaba a la fachada de enfrente. Humeaba. Cuando se había recogido hasta la última gota, se chamuscaba. Se hervía agua y se le echaba por encima y se frotaba con piedra pómez para limpiarlo bien. Y después venía la verdadera carnicería. Se le colgaba por las patas en el garfio del cordero y se le sajaba el vientre con delicadez de cirujano. Sus interiores se precipitaban hacia el exterior con prisa, como empujándose. Se desechaban  y se procedía al despiece. Orejas, rabo, careta y algo de magro eran consumidos en el acto por la vecindad que ponía, por su parte, el pan y el vino.
El carnicero murió de triquinosis y su mujer mantuvo el negocio abierto hasta que su hija hubo crecido y tomado esposo. Aprovechó la ceremonia de la boda para echar el cierre. Los novios se hicieron una foto ante los restos de un cordero que no había dios que lo adquiriera. Sirvió para el consomé.
La casa está ocupada por otra familia de ecuatorianos, también de Jipijapa.

La número 30 la ocupaba la familia del “Bombas” y la 28 por la del “Rayos”… ¡Zona peligrosa!...El azar (¿) hizo que se juntaran en ese rincón dos meteoros complementarios, pero absolutamente incompatibles con el resto. El “Bombas” hijo sintió la tirada del nombre y engordó de forma grandiosa e incomprensible. El “Rayos”, hizo carrera en los cuerpos especiales de la Policía Nacional, de actuación rápida.

Más allá, casi en límite de lo desconocido, en el número 32, tenía tienda “La Francesa”, vendía de todo: un verdadero “ultramarinos”…antecesor de los supermercados. Fiaba según el estado de ánimo. Así que la desazón era continua. No sabías que día ibas a merendar o te quedarías a dos velas. Por lo demás, de francés ¡nada!...Quizás alguien de la familia hiciera la vendimia en Montpellier…También servían vasos de vino acompañados de sus buenas lonchas de morcón o caracolillos blancos. Cuando entrabas parecía que había granizado.

El verdadero bar era el número 34, ya haciendo esquina con otra calle.  Allí llegó el primer cargamento de güisqui y se sirvieron los primeros combinados. El “Caporro”, no fumaba, mascaba puros y los restos de la trituración caían en cualquier recipiente: “¡es canela!”, decía el muy bribón.
En Semana Santa, cuando se sacaban los santos por las calles y la gente se descolgaba desde los balcones con lamentos “a capella”, y mientras los municipales, con escobas empalmadas, intentaban apartar los cables de la luz para dejar paso al Crucificado (y evitar así que los porteadores quedaran chamuscados como los puros del “Caporro”) los portadores hacían tiempo, echándose al coleto una arroba de vino a cuenta de la cofradía. La continuación estaba llena de incertidumbre e interrumpida continuamente con “Uuuy”…”¡Cuidado!”…”¡Borrachos!
”¡Qué poco respeto!”…pero ganaba en dramatismo y en expresividad…Y las saetas se clavaba de verdad en los corazones de los moradores de la calle.

La casa número 18 era de una sólo planta, pequeña…descuidada…siempre con olor a moho. Era el local de la CNS. Había escupideras por todas partes. Allí se jugaba fuerte: Brisca a peseta la partida.  Y a la “Garrafina” a 10 céntimos el pase y a no sé cuanto la partida. De ahí salían ruidos secos como de bulerías de Jerez, pero con ritmo de pistoleros. En el patio crecía el aceite de ricino y un solitario palo santo (para guardar las apariencias). En la fachada, las caras en negativo de los innombrables. Allí se hizo el velatorio de mi abuelo y allí desfilé yo (de tres años) ante el cadáver y las sonrisas benevolentes de la trajeada, con chaquetas cruzadas, guardia de franco en pleno.
La casa fue adquirida por gente venida de los suburbios de Bucarest.

La 16 fue clave en el desarrollo del pueblo. Fue ejemplo a imitar (y se imitó). Derribaron una casa que siempre vi deshabitada y construyeron un edificio de planta baja y tres pisos…¡¡Los setenta!!...La planta baja…¡eso sí que era una tienda!...Fluorescentes…escaparates…espejos.
Chicas guapas que te atendían…
¡En fín!...la construcción de ese edificio dio la puntilla a la calle del Caudillo, ahora, Pérez Reverte, de Beniel. Murcia.

Tras la muerte de Margarita…¡La Fascista!...ya no queda nadie que recuerde los años de la guerra pasada y los años que siguieron.

19 de junio 2013











¡Va por vds.! Kubala. 17 de mayo.

  Tal día como hoy, del año 1927, nació el gran ¡¡Kubala!!
  ¡Alegría de mi infancia!...(quien me conoce sabe que en mi casa, alegrías…¡pocas!). Mi padre, tras sufrir las consecuencias de la derrota, llegó a formar parte de las fuerzas vivas desparramadas por las aldeas del país. Encargado de mantener, imponer, crear, milagrosear el orden que, por otra parte, se mantenía sólo, gracias (¿) a la falta absoluta de fuerza y de lo que los lacanianos llamarían “deseo”. 
     Bueno…alguna que otra paliza y ¡tan amigos!

     Como aquella que le metió el cabo Castillo a José Cascales por la sospecha sobre el paradero de una oveja. Es por tu bien, le decía. Y Cascales, sorbiendo la sangre que le brotaba de la boca, contestaba, sí, sí, ya lo sé. Y así, hasta que confesó ser un cuatrero despreciable. Tuvo que abandonar el pueblo. El cabo Castillo se encargó de hacer correr sus cualidades para la investigación de altura.
O aquel otro martirio, propio de agosto: atiborrar de bacalao en salazón a un pobre desgraciado y dejarlo a la solana en plena canícula, mientras el guardia “de puertas  bebía agua del botijo perlado, golpeando el agua contra los dientes, fabricando un arco iris que nada tenía de reconciliador.

     Pese a lo dicho…mi padre era del Barça (nosotros decíamos “del Barcelona” y “Barça” lo leíamos “Barca”…Así que “Barca 3, rival 0”), lo que, pasando por encima de la bondad natural de mi progenitor, le causó no pocos problemas e inquinas. Los dos barberos del pueblo, como si de una conspiración blanquista se tratara, eran del Atletic de Bilbao y usaban chapela incluso en verano (43 grados a la sombra). También ellos contarían y no pararían. Pero… ¡era diferente! (como siempre lo ha sido)…ellos eran exóticos “leones”; los “culés” (nombre que jamás oímos), sin embargo, eran traidores. Los del Madrid imponían la norma. Pese a que durante toda mi primera infancia, el Barca dominó las competiciones “nacionales”.

     Pues, ¡eso!... que Kubala fue la alegría de mi infancia. Jamás vi su rostro, ni su figura…sólo su caricatura dibujada en la cara de las cajas de cerillas (“toreros” le llamábamos nosotros). Regordete, pelo rizado y rubio y haciendo malabarismos con el balón (de costuras como espinazo de dinosaurio) pegado a la bota. Los “toreros” y las “bolas” (canicas) eran los trofeos para quienes ganaban en los absurdos juegos en los que nos embarcábamos.
     Buscábamos los “toreros” en el basurero…entre buches de pavo, tripas de cerdo, cartas de procedencias desconocidas, y, naturalmente, basuras de todo tipo. Con un palo, como profesionales de los desperdicios. Pero, allí, nadie desperdiciaba nada…así que lo que llegaba al basurero era…verdaderamente ¡la hez de la hez!

      Los atardeceres (y noches, en invierno) de los festivos, eran, por doquier, similares (que no iguales). Sacábamos las sillas (una mesita para la radio) a la calle; los niños… ¡en el suelo! Y se oía a Matías Prats (¿padre?, ¿abuelo?, ¿bisabuelo?)…contándote cualquier cosa...hasta que había un gol y, entonces, caíamos en que se trataba de un partido de fútbol. Como aquello de Gila cuando retransmitía simultáneamente una boda, un partido de fútbol y una corrida de toros. Acabada la retransmisión nos dedicábamos a buscar satélites, puntitos luminosos que se movían entre las estrellas de aquellos cielos tan profundos y límpidos… ¡Uno!... ¡He visto uno!...y todos mirábamos el dedo sucio del chivato. O a descubrir “salamanquesas” (¿), (esa especie de lagartija con ventosas en los dedos, que llamamos dragones…¡Si te caía una en la mano…¡te pelaba la piel!...) que apreciaban la luz. Y así hasta la hora de la sopa de aletría… ¡Con “cubitos”!

     La televisión alteró la situación. Lo primero que vimos en la tele fue la final de la recopa de Europa entre el Atlético de Madrid y la Florentina. Ganó el Atlético por 3 a 0 con goles de Jones, Mendoza y Peiró. Fue en septiembre del 62 y yo no había cumplido los diez años. Mi padre, que estaba en la barra del bar pimplándose un vaso de coñá, nos pagó una fanta de naranja. Nos pusieron la botella y dos pajitas de auténtico cereal.    Media hora antes estábamos todos sentados frente a una caja extraña, ovalada, verde infierno, en la que bajaban a un ritmo incomprensible unas líneas negras que anunciaban, decían, las verdaderas imágenes. Cuando aparecieron, algunos se santiguaron y escupieron al suelo ahuyentando los malos espíritus. Otros, que sabían de qué iba la cosa, miraban con cara de entendidos y gestos tranquilizadores.
     Tener una televisión propia fue tan emocionante como para Virginia Wolf tener una habitación propia. El primero fue el cabo Castillo. A mí me llegó junto con el acné.

     Kubala era, para mí, como Coppi…un símbolo de ¡yo que sé!...Los dos eran el paraguas de mi infancia.   No podía hablarse de modelos, de acicates, de estímulos, de ideales… ¡esas cosas no existían!...eran ¡Kubala y Coppi!...pronunciados con rabia, como si con ello produjeras una alteración de las condiciones objetivas…Eran como agujeritos por donde entraba luz al saco negro en el que se desenvolvía todo.

     Kubala éramos todos (¡los del Barca!)…la coge Kubala…avanza…chuta….¡¡¡gol!!!

     Y junto a Kubala: Kocsis, Evaristo, Suárez y Czibor (Vila, Villaverde)…Se inauguraba el Camp Nou…La de Serrat era la inmediatamente anterior (la de Las Corts).

     El equipo de mi pueblo jugaba en alguna categoría (¡eso seguro!) porque venían equipos de pueblos vecinos e, incluso, de bastantes kilómetros a la redonda.  Decir que el campo era de tierra es, simplemente mentir. Era una especie de cantera de áridos para la construcción, en la que se hubiera, cuidadosamente, colocado las piedras con sus aristas más afiladas hacia arriba. Los pocos goles que marcaba el equipo local se celebraban (trompeta y tambor) con aquella melodía tan de la época: 
“Ay qué tío, Ay qué tío…
Qué golazo c’a metió”.

     Y con gaseosas “la flor de Murcia”…refrescadas en grandes cubos con hielo…Aún recuerdo el sonido Psssssssf…¡los niños nos bebíamos los culitos!

      O, a veces, se abrían los cielos y las jerarquías aladas cantaban, a 9 voces, la belleza del gol local que anulaba los infinitos que nos marcaban.
     Los infinitos que nos marcaban (el portero tenía un brazo impedido y, por eso, se había sacado de la manga (¿) un remate de codo…que fue famoso en toda la comarca…¡Y algo más allá!...pero que nunca alcanzó, además, la eficacia) se ignoraban o, como mucho, se anotaban con indiferencia en el marcador “visitante”.
     El equipo se alimentaba de la cantera. Por las tardes nos juntábamos en el campo de áridos, esperando inquietos la llegada del propietario del balón: lo llamábamos "entreno"… ¿hay entreno?
     Nos dividiamos en dos grupos y comenzábamos una carrera sin cuartel ni finalidad. Nos invadía una obsesión: golpear el balón...¡en la dirección que fuera! Los únicos que lo tenían algo claro eran los guardametas.
     Mi hermano mayor (salido, como es natural, de la cantera) tuvo la desgracia de ser cancerbero durante una temporada (¿)…¡de récord Guinnes! Recuerdo el día que llegó el equipo de jugar contra el Molina del Segura: ¡22 a 1!…mi hermano jugó (¿) media parte y le metieron 18…¡Eran tiempos más fecundos! Bajaban del autobús como gotas de aceite cuando ya no queda aceite en la botella: rezagándose, indecisos, temblando…
     Cuando el pueblo se enteró del resultado, pasada la conmoción, se les invitó a unos quintos, entre palmadas de ánimo en la espalda y cánticos de resistencia y odio vecinal.
     Por la noche en el cine, era domingo, el héroe que había sido capaz de batir la portería contraria, entró ranqueante por entre las filas de butacas y a voz en grito:
   --¡Me duele tor cuerpo der golazo que he metío!
     Le siguió un aplauso atronador…y mi hermano, la víctima, que era, además, el que echaba el cine…paró la película para dar tiempo a que la gloria (se condensara y) fuera asimilada y ¡no se olvidara en toda nuestras vidas!

     Hablo de Fortuna (Murcia)…Imagínese Vd...¡ Malpartida de abajo!

     Y hablando de cine y tal… ¿recuerdan vds. “Los héroes escogen (¿prefieren? la paz”…aquella película que contaba la evasión de Kubala de Hungría y las peripecias hasta llegar a la España franquista?...Kubala se interpretaba a sí mismo. Que, además, fuera un arma propagandista…me enteré después. Entonces sólo tenía ojos para ¡¡Kubala!!...

     Bueno pues, como mi hermano, como he dicho, echaba el cine, me hice con un cartel (de los de antes) de la película y con un montón de fotogramas (filminas) que las mirábamos a través de aquellos aparatos en forma de pirámide truncada…que tenían una pequeña lente de aumento en el vértice (truncado) y una ranura en la base, por donde metías la filmina y la veías más grande y como incorporada a ti…

     Era la envidia de todos…

     Yo, naturalmente tenía muchas filminas… ¡de todo tipo! (…esa es otra historia…). El cartel lo desplegaba de vez en cuando…En mi casa no había pared para carteles. El escaso estaba ocupado por la abuela y por una fotografía  de mi madre, a la que alguien había desfigurado los labios, con un dedo húmedo...¡Así eran entonces las fotografías!...Toda mi primera infancia con ese rasgo despectivo…que mi madre, sin esfuerzo, conseguiría adquirir... ¿y el día de la boda? preguntarán vds…. ¿por qué no lo colgó vd. en su habitación?... ¡les ahorro la respuesta!
     Todos los carteles, prospectos, láminas, tebeos…
fueron destruidos por mi madre en un "auto de fe"...coincidiendo con la llegada de los misioneros, enviados a recristianizar la zona.

     Cuando ya mayor, fui a Barcelona, lo primero que hice fue visitar y pimplar en “La Bohemia”, de la calle Lancaster (otro mito de mi infancia). No sé si en la película aparecía, o no, la desgraciada bodega… ¡creo que sí!...En todo caso fue mi primera visita… ¡La Sagrada Familia aún no la he visitado!

     Maldigo a quien decidió el derribo de “La Bohemia” y arrojó al paro a los integrantes de esa cooperativa ejemplar y edificante: ¡Honor al tanguero!... ¡al "tomatero de Orihuela"!--- ¡al maestro!...a todos los que nos hicieron pasar momentos tan ajenos a la asepsia que nos invade.
     ¡¡Gracias Kubala!...! Por tí… y por darme la escusa para recordar lo recordado.