miércoles, 25 de diciembre de 2013

¡Va por vds…y por mi padre!



Era una mañana de un hermoso día de comienzos de primavera (como en las novelas de Schnitzler)…y cuando digo hermoso, digo “hermoso”. Pero la hermosura de Fortuna no es la de Viena. Hermosura a secas…no había nada hermoso…había “hermosura” ¡a secas!...luz, transparencia y un vientecillo fresco, residuo del frío ventarrón nocturno.

La “pareja” de la “benemérita” se aparejaba para su tradicional salida…A poner orden en un cosmos que ya empezaba a dislocarse: habían robado alguna cabra, y se comentaba que los cuatreros rondaban por La Garapacha. Por tanto era una salida acostumbrada, pero cargada de una gran responsabilidad y de expectativas casi insólitas. La pareja recorría (ese era el mandato) los desiertos y los mantenía a raya, no sólo de forma panorámica…escudriñaban a fondo cuando olían unas tajadas de tocino o el agrio olor del vino viejo… ¡no digamos ya del nuevo!











Era la época de las “parejas a caballo”, después vendría la bicicleta y por último el motor de diferentes tiempos (y espacios).

Habían tres caballos: dos bermejos y uno como la pez. Al tercero le llamábamos, con una consecuencia a medias, “Renato, el Negro”, y tenía todas las cualidades del enredador caballo platónico capaz de arrancar el alma de su eje…y arrojarla al lodazal de este mundo lleno de ladrones de rumiantes; además de algo que, en un humano, llamaríamos “humor”…sentido de lo cómico:
Un día apareció subido (¡¡) en su pesebre…y había evacuado en el comedero de uno de sus vecinos.
En otra ocasión se zampó todas los matojos que con esfuerzo (ingrato) habían conseguido crecer en los cuatro esquinitas del patio comunal…¡Eran verdes y fue una lástima!
Su hazaña más memorable, y por la cual todavía se le recordaba años después de su desaparición, fue su irrupción en medio de la celebración de la santa patrona del Cuerpo: La Virgen del Pilar. Lo discutimos en grupo y lo reflexionamos en privado y no conseguimos una explicación que reuniera un mínimo de consenso. El cuadrúpedo se lanzó a por las papas fritas y cuando acabó con ellas fue a por los platos de mejillones en escabeche, después bebió agua, plagada de sanguijuelas, del lavadero y se retiró a sus aposentos. ¡Así era “el Negro”!


 
  







A su favor, a más, la entrañable amistad que forjó con el pobre cerdo familiar…¡aquel que se estancó en los 22 kilos y 200 gramos!

Cuento lo contado para que no crean vds. que mi padre era un jinete inexperto.

Y, ahora, que mi padre ya no existe en el reino de los vivos (¿) no creo que le importe que recuerde (por mi bien) y que añada invención (también por mi bien): algunas escenas que intentan introducir algo de humor y de ternura en una vida en la que no abundó ni lo uno ni lo otro. Por lo demás, la afición de mi padre a la “Nuestra Señora de las vides” y su pertenencia a la “Cofradía de la Uva”, le dieron las cualidades por las cuales fue apreciado, es más, querido, por todos aquellos que lo conocieron. La medida de la estima que se le profesaba la da el hecho de que, desde un corte de pelo a unas costillas de cordero han sido cargadas a su cuenta.

Ambos, mi padre y el caballo, eran conflictivos; por tal motivo el cabo los había unido de forma indisoluble. El caballo hacía como que obedecía a su “dueño” putativo, pero de vez en cuando dejaba ir su innato sentido del humor…a costa del ridículo y del escarnio de mi progenitor. Mi padre lo entendía e incluso se reía por lo bajini…¡Los demás, NO! Lo que para mi padre era una broma animal, para los demás era efecto inapelable de “la coñá”.

Aquella mañana mi padre formaba parte de la “pareja”. Desde la cama vi sus preparativos: antes de ponerse los pantalones abrió con sigilo (“sigilo” no es una palabra adecuada. Era como la definición del movimiento de Duns Scoto: una continuidad de momentos de absoluta inmovilidad) el armario, sacó una botella de Terry y se pegó dos lingotazos de aquí te espero: Con el primero pareció morir, se retorció como un tornillo y con el segundo recuperó la normalidad.
Al constatar que no llegaba ninguna imprecación desde los nueve metros cuadrados de la madre, se pegó un tercero que le erizó los pelos del lomo.

Se puso los pantalones, la camisa, la guerrera (el único conflicto que generaba era hacer coincidir los botones), los calcetines, las botas y la caña. Cuando estuvo, se volvió a amorrar al Terry.  Cogió del perchero el tricornio de combate, el colonial, aquel forrado de tela verde y con una especie de velo que protegía el pescuezo de un golpe de calor que te reventara la yugular. Descolgó el “mausser”, apuntó a la foto de la boda…corrigió la mirilla, se puso el correaje con la munición y repitió de aguardiente. Y así, de esa guisa, descorrió la cortina que separaba los nueve metros cuadrados de dormitorio de los nueve de la cocina y procurando no despertar a la mujer, se expuso valiente y temerariamente al sol de aquella radiante mañana del “hermoso día de comienzos de primavera”: Dispuesto a defender el “estatus quo” de la contorná. 


No pudo evitar hacer la contraseña de la orden eremítica consagrada al asco y extrañeza del mundo: hacer de la mano visera, torcer el morro y mostrar la encía superior…con fiereza y resignación.

Ya oía yo los pasos acompasados de la caballería…y veía las sombras invertidas en la pared. Me vestí y corrí a ver cómo mi padre desparecería entre el polvo del desierto cual jinete solitario o como mi héroe: Kid Carson…!sin ir más lejos!

Estas salidas se ajustaban a una rigurosa “hoja de ruta” que era entregada a cualquiera menos a mi padre. Mi padre era el absoluto segundo. En la hoja se especificaba dónde y cuándo comer, cenar, dormir y qué caminos habría que poner bajo vigilancia. La Guardia Civil tenía las puertas abiertas. Para ella y sus monturas: bajo pena. Por ejemplo:
Primer día:
1.      Llegar por el camino de “Las Casicas” hasta la cueva del “Tío Juan el de las Perdices”. Comida.
2.      Continuar hasta “La Garapacha”, por el camino “X” y pernoctar en el cortijo de “Y”. Cenar y dormir
3.       (...)
Los anfitriones tenían que firmar la hoja, lo que constituía un testimonio legal.

Normalmente duraban dos o tres días. Si el peligro rondaba, podían prolongarse.

Mi padre, sin embargo, había ideado un método, no muy sagaz (todo hay que decirlo) pero que le dio resultado durante años: se instalaba en la primera casa, p.e. la casa del “Tío Juan” se hacía servir una arroba de vino y unas morcillas y enviaba al pequeño de la familia a recabar las firmas de los demás implicados en el plan. En esto mandaba mi padre, ¡el absoluto segundo!...el primero se dejaba llevar y se beneficiaba de la popularidad de mi progenitor y de su saber hacer.

“Renato” sabía el camino de memoria y mi padre volvía como un Rodrigo Díaz de Vivar cualquiera…inconsciente, pero venciendo a los enemigos de los ajeno que, al divisar su atravesada silueta, huían despavoridos. La brisa lo iba volviendo en sí. Llegaba, saludaba, entregaban (el primero) el parte y se lanzaba al catre como un pescador de esponjas.

Pues como decía: “era una mañana de un hermoso día de comienzos de primavera”. Mi padre había sacado la montura y yo le seguía a distancia.

Acarició las hirsutas crines del caballo, le magreó  la ijada derecha y le dio unas palmaditas en la mejilla. El caballo le miraba con mirada torva…¡y meditabunda!
Yo veía la escena a contraluz. Y mi padre me veía a plena luz del sol. Me sonrió con esa media sonrisa del medio oeste americano y …¡dio comienzo el espectáculo!

 










Espoleado por el “Espirituoso Santo”, colocó la bota derecha en el estribo, tomó impulso y levantó la izquierda por encima del lomo del animal y aún no había, la bota izquierda, alcanzado puerto, cuando la silla y toda la estructura resbaló bajo el vientre del caballo, quedando mi padre en una posición sumamente ridícula , a más de peligrosa. La silla adornaba el abdomen de “El Negro” y mi padre lo cabalgaba cabeza abajo…como un extravagante “Barón de Münchhausen”. Mientras giraba el mundo, el tricornio colonial  voló como venenosa mariposa amazónica y fue a aterrizar unos metros más hacia el futuro…allí donde mi padre nunca llegaría.

Yo contemplaba la escena inmovilizado por el bochorno y el amor herido. Todo ocurrió en unos segundos, pero para mí pasaron siglos…cayó con la lentitud de los desconocidos copos de nieve…los presentes abrían la boca y, a intervalos de eones, sonaban unos JA……JA…..JA….que sonaban como campanadas “a muerto”.

El polvo, dorado por el contraluz, dotaba a la escena de una magnificencia inadecuada: Como la purpurina que cae sobre nuestras cabezas en los bailes de la última noche del año.

Renato, el Negro”, a quien el accidente había pillado de sorpresa…(¡su “jugada”, sin duda, era otra!) lamía con lengua de verónica la cara polvorienta y aterrada de mi padre. Él no había sido el responsable de no sujetar debidamente los arreos.

Y como las desgracias nunca vienen solas…la cosa continuó del siguiente modo: Mi padre pudo ser rescatado de debajo del vientre de la bestia. Se “espolsó”. Fue, en zig-zag, adonde el tricornio. Se lo encasquetó, pasándose la tirilla por la sotabarba. Volvió. Enderezó y ajustó la montura. Acarició lloroso las mejillas del jamelgo y volvió a intentarlo.

Introdujo decidido, esta vez la bota izquierda en el estribo izquierdo, alzó la derecha y justo cuando andaba por el ecuador, el rocín se enderezó sobre las patas traseras. Mi padre acortó el “bocado”…pero el jaco tenía ganas de continuar la diversión (que él no había empezado)…y como esas figuras que se balancean dirigidas por su centro de gravedad, “el Negro” se dejó caer hacia adelante y lanzó varias coces con las patas traseras. El descolocado jinete, soltó las bridas y se agarró con desespero al cuello del penco, después a las hirsutas crines…y finalmente al aire (como Eurídice): cerró los puños y, así, con ese gesto iracundo, salió volando por encima de la cabeza del cuadrúpedo. Parecía un profeta maldiciendo el futuro y lanzándose con decisión contra la dura pared del presente. La capa, de paño zamorano, se agitó pesadamente, y proyectó sobre el suelo despavorido una sombra agitada de murciélago.

El caballo no se ensañó; se limitó a mirarlo y a mover la cola…con la pezuña derecha golpeaba rítmicamente el polvo.

Yo desaparecí… antes de que mi padre intentara cruzar una lastimera mirada.

Esto ocurría en la  época de los caballos”…después vino la de las motocicletas.

A mi padre le tocó una “Guzzi” roja, delgada como mantis religiosa y con la palanquita de las marchas soldadas a la parte derecha del depósito del combustible. El primer día que la cogió, contra la opinión (“opinión” no es la palabra exacta: “negro presagio”) de la madre, ya tuvimos otra muestra del poder del “Espirituoso”.

Para afrontar el desafío, mi padre se había reconfortado con unos vasos de coñá. Y, en efecto, bajo el efecto del destilado, la bravura del cabeza de familia se multiplicaba por varios enteros.

Sacó el velocípedo a la calle, lo enderezó sobre el caballete (¡¡), lo miró y lo remiró…¡le quitó el polvo! Y echó una mirada satisfecha a lo largo del callejón: ¡nadie lo veía!...Sólo yo…desde detrás de la persiana de la habitación que daba a la calle.

Bueno….arrancó la moto y desapareció.

Lo trajeron en un sidecar, la cara desollada, el uniforme hecho jirones y el tricornio  deconstruido sobre las rodillas. Mi madre (su mujer) lo miró y lo remiró…hizo la mueca característica.

--Si YA lo decía yo!  ¡Cualquier día me quedo viuda!

Pasarían algunos años hasta que se cumpliera la profecía.





           
















miércoles, 30 de octubre de 2013

“¡Va por vds.!” Al hilo de “Manolo Escobar”




No era el que más me gustaba, ni de lejos…Yo prefería a Antonio Molina (por encima de todos), a la Niña de Antequera, a la Paquera…pero estábamos a expensas de la radio y en la radio sonaba con mucha frecuencia. 

Cuando la razón brotó en mí (coincidiendo con la primera comunión) Manolo Escobar “YA estaba allí”… de tal manera que no pude comprender sus innovaciones (simplificaciones) y no pude, tampoco, rechazarlo por intruso.




¿Recuerdan vds. los “discos dedicados”?...Cualquier acontecimiento, por grave o anodino que fuera, era apropiado para solicitar y dedicar un disco: “a Juanico, en su primera comunión”, “a Ginés, en el día de su licenciamiento militar”, “a María Pérez, en su toma de dichos”, “a mi “maere”, de su hijo que mucho la quiere”…y, así, todas las etapas de una vida iban    acompañadas de una canción que alguien había tenido a bien dedicar. 

 Con el tiempo se olvidan los acontecimientos y te queda la música…

La radio fue el primer “electrodoméstico” que irrumpió en nuestras vidas: ni neveras, ni televisiones, ni túrmix, ni tostadoras…El siguiente fue la máquina de afeitar eléctrica que, sin excepción, acababa, inservible, en el cajón más insospechado. Sus delicadas cuchillas no podían con el cañamazo que, por entonces, germinaba en las caras de la población masculina (y femenina) de por aquí…los americanos no tuvieron en cuenta a Darwin. Cuando veo una máquina de afeitar eléctrica, no puedo menos que imaginármela dentro de un vaso de agua, en la mesilla de noche de una áspera habitación de matrimonio (aunque siempre la vea dentro del armario más insospechado).

 


Bueno, a lo que iba…Empezaba el otoño y acababan los cincuenta. El río venía crecido y arrastraba cantidades industriales de “peces borrachos”; los podías coger a calderadas. El problema era conservarlos. Aguantábamos hasta que el  olor se hacía espeso y nos impedía movernos con soltura. Entonces los enterrábamos.  La casa estaba rodeada de naranjos y melocotoneros. Había higueras, granados, un “peretero” y  espacio suficiente para cultivar hortalizas. Había gallinas, conejos, un perro y gatos incontables. Y estábamos nosotros: mi tía, mi madre, mi primo, mi prima, mi hermano mediano y yo…el resto de la familia aparecía y desaparecía …como con un interruptor. 

 Los gatos escarbaban y escarbaban…

De vez en cuando aparecía “La japonesa” con un fardo que, a mí, me parecía el universo-mundo, tal como lo había visto en una ilustración del mito de “Atlas”. Dentro del fardo (una tela grande replegada sobre sí misma) se contenía, como en la mente divina, los arquetipos de lo real: peinetas, cortes de tela, retales, abanicos, perfumes, zapatos, gafas de leer (y revistas sobre las que probarlas), carretes de hilo, agujas, lanas, jabones, juguetes de latón, sartenes…

Las mercancías servían también como catálogo: signos de sí mismas.

Un ejemplo de” belleza convulsa” y de ingenio para ganarse la vida.

 La llegada de” la japonesa… la veíamos a lo lejos acercarse como un carguero por aguas procelosas, atracaba en la mesa de comer que estaba situada al aire libre, entre la cocina exterior (donde el horno) y la cocina de invierno… era una fiesta para los niños y un ejercicio de contención y prudencia para los mayores.
Con nosotros no hacía negocio alguno, pero se ganaba un trago de vino (o de leche, dependiendo de su salud espiritual). Cuando se alejaba lo hacía esforzadamente… hasta que encontraba la brisa buena. 

Había un establo con una vaca y su “cherro” correspondiente. Desde la cocina de invierno se abría una  ventana que daba justo encima del  pesebre en el que los animales comían. Allí, mientras mi prima, jadeante, aspiraba  las cálidas vaharadas de los rumiantes,  le arranqué a la vida el primer beso y el primer abrazo libre de babas.

Había un cerdo y una cerda. Y hasta gusanos de seda…en una habitación tropical y trepidante. Había canarios en jaulas.  Avispas, moscas, ranas, sapos, erizos, ratas de huerta. Mariposas, lagartijas, culebras, luciérnagas. Mosquitos, mariquillas de siete puntos. Y pájaros canores. Y estábamos nosotros que los cuidábamos a todos, voluntaria o involuntariamente. Y una parra.

Pues, eso…a lo que iba: Empezaba el otoño y acababan los cincuenta. Mi primo había traído un caldero lleno de peces que,  incómodos en tan reducido espacio, se agitaban y se empujaban. Alguno conseguía saltar y  así, paradójicamente, aceleraba su muerte…no tenía (el pez) tiempo de sacar conclusiones. 
Mi hermano y yo estábamos sentados a la mesa  de comer, bajo la parra y vimos acercarse al primo con ese cargamento bullente, cantaba: “Yo soy un hombre del campo” (¡¡):

“Pobrecita la amapola (bis)
No tiene paere ni maere
Y vive en el campo sola”

Sin embargo parecía un exitoso pescador (“de coplas”).  Y no lo disimulaba. Llegado a puerto, descargó sobre la mesa su pesca milagrosa. Los peces se escabulleron como anguilas y, reptando epilépticamente, se dispersaron como ola  tras la caída de una piedra en un estanque. En segundos, un círculo de peces nos rodeaba como universo irisado en expansión.  Peces por todas partes. Como el azogue. 

Ven vds. en qué quedan los recuerdos: no recuerdo lo que pasó después…¿qué hicimos para librarnos de la plaga?...¿cómo reaccionaron las mujeres?...
Sólo recuerdo la imagen de ese círculo plateado y anfetamínico y la canción que cantaba mi primo: “Yo soy un hombre del campo”.
Y es la canción, que oigo en estos momentos, la que me ha hecho acordarme de “la japonesa” y del “beso robado”. 


Y hay más, que, proustianamente, se va concentrando en torno  a esa canción. 

Un día cercano al recuerdo anterior, estábamos los niños sentados a la mesa, bajo la parra, esperando la comida: “Dedicado a Mari Carmen en el día de su aniversario, “Madrecita María del Carmen” por Manolo Escobar”. Aportaciones personales de los locutores (D.J.) no había; se limitaban a la escueta lectura del emocionado mensaje. Fórmulas monolíticas en las que se encajaban las más diversas emociones; que unificaban procustianamente  los efluvios sentimentales, con el fin de que cupieran en las delgadas ondas de la radiodifusión.

En esto que a mi primo le da por “echar pulsos”…para matar el rato. A mí, más pequeño, me venció en seguida (entre burlas); pero mi hermano estaba resultando un hueso duro de roer. A ambos se le hinchaban las venas del cuello, les temblaba el brazo, sometido a una tensión extraordinaria. Unidos por las manos crispadas, los brazos, como el índice de una balanza de precisión, se mantenían inmóviles, recorridos, eso sí, por un temblor  vigoroso. Las caras enrojecidas, los ojos ya fuera de las órbitas y todos los órganos interiores sometidos a presiones desacostumbradas. ..”Yo quisiera decirle a la gente, lo que mi alma siente…”  . La vibración se comunicó a la mesa y la mesa se la infundió a un vaso, que cayó al suelo. Me agaché a recogerlo…y  en un momento comprendí que la vida es el resultado de un cúmulo tal de casualidades que resulta milagroso que lo que es, sea. 

Gracias a lo que vi y desde que lo vi, considero el azar una de las hebras más determinantes (¿paradójico?) del cañamazo de la vida. 

Por el asiento (de enea) de la silla que ocupaba mi primo descendía, vibrando, una caca, como de perro mediano, que se estiraba y se estiraba, al tiempo que incorporaba el balanceo natural… “un altar llevo en mi pecho ardiente, a la madre que me dio a mí el ser…” Mi asombro impidió (por poco tiempo) la burla y el escarnio. Mi primo, vencido por los elementos, se derrumbó y mi hermano, ajeno a las circunstancias, se proclamó vencedor de forma extemporánea.


                     
Vean vds. la concatenación de circunstancias y díganme si la vida no es un milagro: Mi primo, por olvido (o por cualquier otra causa), no llevaba calzoncillos ese día (p). Los pantalones estaban rotos por la culera (q). La silla presentaba un agujero, justo debajo del suyo (r). Se cayó el vaso (s) y yo me agaché a recogerlo (t).
Tuvo que darse la conjunción de p ^q^r^s^t…para que estallara en mí una explosión injuriosa, incontenible, que me resarcía de mi derrota… “y lo mismo que cuando era un niño, en mis labios pongo el corazón…”.
 
Tampoco recuerdo la continuación. ¿Cómo reaccionó mi primo?...¿Cómo se solucionó, definitivamente, el contratiempo?... 

Sólo recuerdo la canción de Manolo Escobar.


jueves, 17 de octubre de 2013

“¡Va por vds.!: La matanza del cerdo familiar”




Una de las diferencias entre el Sahel y su avanzadilla en Europa (Fortuna) es la abundancia de cerdos y la respectiva matanza (de ellos).

Supongo que haría frío, es necesario…pero yo no lo recuerdo. Sólo recuerdo el calor sofocante, africano. El invierno lo asocio a los gritos agudos, como astilladas agujas hipodérmicas, de los cerdos cuando iban al sacrificio….¡Y su resistencia a ser llevados!

Los gritos eran como los “¡¡Juaniiiicoooo!!” que se despeñaban desde las ventanas  o salían zumbando desde las puertas de las casas. El “iiicooo” se agitaba como rabo de lagartija sin lagartija, como rabo de perro contento, sin perro…como hebras de humo  de cigarrillos Ideales…y se introducían en todos los resquicios, excepto en los laberintos auditivos del interesado que estaba extasiado haciendo lo que tuviera que hacer.

Bueno, pues eso…que cuando llegaba la época de las matanzas (invierno) todo el pueblo se llenaba de gritos humanos y animales, formando un espeso tapiz por el que nadábamos como huyendo de las Euménides.

También mis padres (mi madre…práctica, como siempre ha sido) quisieron probar suerte con eso de matar un cerdo…¡tenías comida para todo el año!... Y se acabaría la deplorable, humillante  e insegura dependencia del “economato” (y de paso, daríamos un golpe mortal a la carne envasada de caballo).
  



 Pensado y hecho, se gastaron los ahorros en la compra de un jabatillo sonrosado, con la esperanza de que fuera una verdadera alcancía. Lo tendríamos en el patio y se alimentaría de las sobras….
¡Ahí empezó el problema!

En nuestra casa no sobraba nada… ¡excepto nosotros!

Para que se hagan vds. una idea: a mí me llamaban “cebrita”… ¿saben por qué?...pues porque siempre llevaba jerséis a rayas…confeccionados con restos de lanas de diversos colores y texturas que encontrábamos o pedíamos a las vecinas… ¡Entonces se hacía mucho punto!

Al cerdo le echábamos, día sí, día no, unas peladuras de patatas y el perifollo de la cebolla. A veces salíamos al campo a coger hierba…pero la hierba escaseaba y no siempre era del agrado del animal. El agua se la dábamos de la aljibe…llena de sanguijuelas pequeñitas como lombrices intestinales

…¡El cerdo no engordaba!

Pensamos si serían las sanguijuelas…si le habría crecido una solitaria…de tanta soledad como desprendía…Y nos veía y se ponía a chillar como un bebé hambriento y se nos partía el corazón y la esperanza. 

Además de originarnos mala conciencia por la mala inversión realizada.

Analizábamos sus excrementos en busca de la causa de que el cerdo no diera YA el estirón. Estaba en plena adolescencia y seguía pareciendo un bebé raquítico. Y se nos licuaba el alma.

¿Podríamos alimentarlo con la bienhechora leche de cabra de la región? Mi madre intuía la pregunta no formulada y respondía como una baríton@ trágica:

--¡Ni hablar del peluquín!...Nos saldría por un ojo de la cara.

Pero es que así… ¡nos costará el corazón! 

A lo que mi madre respondía:

--¡De qué nos sirve!... ¡que se rompa!

Eran una sarta de respuestas a preguntas nunca enunciadas…pero ya saben vds. que una madre penetra hasta en las costuras más nimias del alma. 

Por allí decían aquello de: “¡Hasta san Antón, fiestas son!”… y para cerrarlas, sorteaban un lustroso cochino que habían paseado hasta la saciedad por todos las calles (y vertederos). Cuando llegaba el día del sorteo, era como si rifaran a un vecino. Bueno…pues no pudimos participar… ¡La inversión estaba hecha!...Dejábamos pasar la suerte por delante de la casa con la esperanza puesta en que aquel mamífero se desarrollara según las leyes de la naturaleza.


Pasó el invierno y la primavera duró lo que tardó en llegar el verano (¡¡). 

En verano el cerdito pesaba 15 kilos y presentaba un aspecto, en general, lastimoso. Y, en concreto, parecía haber sido atacado por la polio o por la gripe propia de su especie…¡hasta tosía! Le faltaba vitalidad, y le sobraba, pensábamos, vida interior… que lo estaba consumiendo.

Decidimos darle paseos por el campo, con el fin de fortalecer sus músculos (y, de paso, que se buscara la vida). Inútil: tenía algo así como agorafobia. Era pisar la calle… se sentaba y no había manera de moverlo…Era todo voluntad, no fuerza.

En verano le dimos brevas y en septiembre higos. Almendras, carne de membrillo casera, flores silvestres (margaritas incluidas) e hinojo. Tomillo, romero…peladuras de patata y perifollo de cebolla.

Pasó también el otoño y, poco a poco, siniestramente, se acercaba el día de la matanza. Lo retrasábamos cada vez más para dar tiempo a la naturaleza…inútil: El cerdo se había estancado en los 22 kilos y 300 gramos. 



Pero su inteligencia no se había estancado: Nos conocía a todos por nuestro propio nombre. Sabía lo que iba a comer con sólo ver nuestras caras… Y también sabía contar los días…¡por memoria genética!...Aquí podría extenderme y hacer llorar a toda la humanidad. ¡Basta!

Decidimos que el día de nochebuena  era el día apropiado…¡para comer morcillas y oreja frita por la noche! Como despedida le dimos turrón duro. Le gustó, pero no lo incorporó.

--“¡No hace falta matarife!”, exclamó mi madre… ¡como si alguien hubiera propuesto tal despropósito!

Les ahorro los detalles…Baste decir que fue muerto como un conejo (ya saben vds.).

Salieron dos morcillas mal contadas y dos orejas (¡¡) que parecían hojitas de naranjo… nos las comimos entre lacrimosos villancicos:

“La no/chebuena se vieene,
La no/chebuena se vaaa…
Y no/sotros nos ireemos
Y no/ volveremos maaás”.

Pobre cerdo… ¡qué poco incorporó del mundo!... ¡Qué inútil su sacrificio!...

A nosotros nos entró tanta vergüenza que no nos atrevimos a mirarnos a la cara…

Hubo para dos estofados más y tres bocadillos de jamón… ¡pero qué bien olía el puerco!