lunes, 16 de marzo de 2015

MI CONCEPCIÓN





 El 24 de marzo, sábado-sabadete, del año 1951, no hizo un día radiante. La primavera empezó con un ventarrón del sur, una especie de sirocco que enloqueció al que llegaría a ser mi padre: una locura carnal que le hacía buscar las carnes de mi futura madre (también medio afectada por el sirocco).

     El cuartel (hoy ruina), bien asentado sobre roca viva, se enseñoreaba sobre la bahía. Era una fortaleza contra el estraperlo y una muestra rezagada de la pasión antisarracena. La fauna, sin contar la abisal ni las aves que surcaban el cielo, era simple, pero peligrosa: alacranes, víboras, cangrejos, saltamontes. Mamíferos (excepción hecha de la “cuartelería”) no había. El 24 de marzo de 1951, dicen, se desató una tormenta que sería recordada durante décadas. Todo empezó con ese sirocco que enloqueció a mi progenitor y dejó sin voluntad a mi madre. En aquella desolada geografía  (e historia) los daños de una “galerna” de magnitud cinco (o diez) están limitados por los condicionantes de la naturaleza: los cuatro pescadores del lugar atrancaron las puertas, clavaron  maderas en las ventanas, se empaparon de vino y se echaron a dormir la mona. Los guardias (menos mi padre) hicieron otro tanto. El cabo, armado de binoculares  oteaba el horizonte desde la ventana de la “sala de armas”. La fauna se escondió bajo tierra. Flora (el esparto ¿es flora o fauna?) no había: son tierras minerales.


     Todo empezó a las 12 de la mañana, “hora del Ángelus”, con una ligera brisa, como de ala, y unos silbidos de víbora. La superficie del mar se rizó, el esparto se doblegó, dócil. Por la parte de Argelia un telón espeso y negro avanzaba. El aire, ya viento, huyó de aquella profunda negrura. De repente, lo que eran rizos se convirtieron en olas salvajes; lo que silbidos de ofidio, en rugidos de Tiranosaurio. En pocos segundos se hizo la noche. El primer rayo cayó en el pararrayos de la dependencia militar y todo el edificio se cargó de energía. El cuartel brilló como el faro del fin del mundo. Por la noche todavía arrojaba una tenue fluorescencia de hueso de muerto. El cabo estuvo ciego durante días: el fulgor de la descarga, entrando por las lentes del catalejo, dejó fuera de juego “la niña de sus ojos”, dijo. A mi padre, el fulgor, le atravesó. Mi madre, que, apartada de la ventana, fregaba el suelo de la cocina, pudo ver los interiores de su marido. Su silueta quedó grabada en la pared del dormitorio y allí estuvo, como un dibujo al carboncillo, durante años. Para que la cosa no pasara sin pena ni gloria escribió la fecha debajo. Los siguientes moradores lo tomaron por una silueta santa y cada 24 de marzo le ponían un manojo de esparto y alguna solitaria flor de tomillo.
     
 Mi padre quedó transfigurado y dueño de una potencia titánica. Se acercó a mi madre, apartó, brusco, el cubo de fregar con la punta de la bota de servicio, la tomó por los sobacos y la levantó un metro del suelo:
     –Mi pichoncito, mi ave del paraíso, mi gorrión, mi jilguero… –– sus metáforas y analogías eran limitadas y bastante etéreas. Y la llevó en volandas, como un águila transportando un cordero, hasta la cama de “cuerpo y medio” (la de “dos cuerpos” vendría un poco más tarde). Mis hermanos, (¿puedo llamarles así?) jugaban con los hijos del cabo. Ellos testificaron lo del fulgor y los prismáticos.

     Toda la energía que mi padre había absorbido, la arrojaba, ahora, sobre mi madre que, asombrada, no sabía si dar rienda libre al alborozo o recriminar duramente que mi padre hubiera pisado el suelo de a cocina. Finalmente se olvidó de la limpieza y se dejó pasear por los siete cielos… sujeta firmemente por las garras amorosas de mi progenitor. Fruto de ese arrebato fulgurante surgí yo (nueve meses más tarde, como es natural).

      Fue una auténtica Consagración de la Primavera.

     Mi concepción tuvo, pues, algo de mitológica. Y los signos de mi nacimiento, de bíblicos: una riada se llevó por delante medio pueblo. Pertenezco, por concepción y nacimiento, al selecto grupo de aquellos cuya entrada en el mundo vino precedida por acontecimientos extraordinarios: como Cronomiantal, Gargantúa, Moravagine, Augusto 

     Baste con lo dicho… ¡para que no me “menostengan”! 

     El Portús” es una cala medio salvaje y muy hermosa. Se encuentra saliendo de Cartagena por el sur. Ahora ha perdido sus atributos de epopeya rulfiana y ha devenido un importante centro de “naturismo nudista”. Haga frío o calor, allí todo el mundo va en “pelotas”. Así que si van, verán rebaños de “bípedos sin plumas” escalando, esforzados, las escarpadas laderas del camping o pastando a las orillas del Mediterráneo.

     Sobre un repecho calcáreo, se enseñorean los restos de aquellos tiempos “titánicos”.

     Algún geólogo, sensible a las ondas telúricas de la pasión, descubriría una veta


viernes, 13 de febrero de 2015

CAPILA






Lo más parecido a las Euménides, desatada su furia, era cuando las madres, a las cinco en punto de la tarde, aparecían, primero, como un ideal punto geométrico…y después, al galope, como  bolo de polvo apache y desordenado del que sobresalían zapatillas, bastones, palos de escoba, raseras y otros útiles mortíferos. Tenía la vibración sahariana. La bola rodaba cuesta abajo como un alud desubicado y fuera de control. Era la masa madre. Cuando veíamos el grumo volábamos como crepitante plaga de langostas. Nuestro baño, en Capila, mítica balsa reptílica, acababa siempre de esa manera abrupta.  La balsa de agua salobre no tenía más de cincuenta centímetros de profundidad…llena de juncos, de culebras y de libélulas…las ranas habían sido devoradas por las culebras. Aquello era, en realidad, un espejismo. Pues en Fortuna, como ya saben Vds. el agua era una idea… o el reflejo de una idea. Nos bañábamos en un espejismo. Nuestras madres, sin embargo, eran reales.

     Mi hermano se lanzó de cabeza y el agua se tiñó de rojo como en Egipto. Quedó boca abajo y por poco no sorbe toda el agua. Lo sacamos y le apretamos el estómago para que devolviera el caudal y poder continuar el baño.

     La bola negra avanzaba chillando como un enjambre de víboras, con más peligro, sin embargo. Mi madre, normalmente, encabezaba la masa. Enarbolaba un rodillo de amasar, más propio de suegra que de madre amorosa, mostrando  de lo que sería capaz en el futuro.

     ¿Han visto Vds. la cabeza de Medusa?... ¡Peor!  Te helaba la sangre en pleno mes de agosto. Te paralizaba como una viuda negra. El esfuerzo que hacíamos por salir de la catatonia inducida era tremendo. Las piernas se negaban a correr…Nos mirábamos sin saber qué decirnos… hasta que a alguien las piernas le empezaban a funcionar…y todos le seguíamos. En ese momento de estampida no había argumentos posibles. La razón chocaba contra el muro materno. Así, que optábamos por la huida y ya, fuera de alcance, trenzábamos versiones e, incluso, mentiras (¡¡)… ¡yo no estaba!...¡estaba pero no me bañé!...Pero…¡si es un “espejismo”!

     La pánica espantada hacía que cada cual cogiera las prendas que encontraba más a mano y si su mano no se cerraba sobre ninguna… ¡pues ninguna! Y tenías que cruzar todo el pueblo desnudo como los abisinios y, para mayor deshonra, sin excusas de ningún tipo.

     Y todo por las cuatro horas reglamentarias de digestión. Lo que comíamos lo digeríamos en media hora: ¡la carne de caballo ya la envasaban a medio digerir!

     Cuando las madres ponían pie en tierra, circunvalaban el charco y volvían a la carga en sentido inverso…para llegar antes que los hijos y esperarlos con las armas dispuestas. Empezaban como bola de nieve negra y se iban convirtiendo en ideal punto geométrico…hasta que desaparecían por el horizonte.

     Las horas pasaban. La ola diaria de calor incendiaba los matojos…nosotros aguardábamos confiados en que el “fresco” (¿) del anochecer calmara los ardores guerreros de nuestras amas. Cada cual en su refugio, como eremitas…rezando abecedarios y tablas de multiplicar. En el otro extremo de la secuencia, las madres afilaban el palo de la escoba y afinaban la voz de cara al gran espectáculo vespertino.

     Sobre las 8’30 de la tarde el pueblo entero rugía.  Era el negativo de la época de las matanzas que discurría en invierno. ¡Me vas a matar a disgustos! ¡No sé qué del tifus!... ¡Acércame el palo de la escoba!...y cuando llegaba aquello de  ¡Si te ahogas, te mato! una explosión incontenible de risa y de lógica se expandía por las calles… y caía el telón.

     De vez en cuando los temores de las madres tomaban cuerpo y alguien aparecía ahogado…  ¡Pero no en Capila!

     Había otras balsas, igualmente inmundas: “Jota”, “las Pareticas”, “la de Cascales”, la de la “Casa Colorá”…  Eran balsas para los mayores.  Para que se ahogaran los mayores. Si intentabas hacer pie estabas perdido: un metro de cieno encofraba tus pies y ya no podías salir. Te sacaban con una polea….como al Cebolla: azul, hinchado y haciendo más evidente que nunca la mueca de asco que le había dejado un “mal aire”.

     Lo del “mal aire”, algunos lo interpretaban como “mal fario”.

     Sin ir más lejos, YO mismo estuve a punto de ser engullido por la masa cenagosa. Fue en una tórrida tarde de julio, en la “Casa Colorá”. Los perros de la casa me dieron un áspero aviso: uno de ellos, jaleado por el más pequeño, me mordió las corvas. El susto puso los garbanzos en el disparadero. Nos metimos mi hermano y yo. Él un nadador autosuficiente y yo una rémora. Fue entrar en aquel líquido espeso y los garbanzos dieron un vuelco. Habíamos comido potaje de acelgas. La cabeza comenzó a darme vueltas, el estómago se me encogió y empezaron a salir garbanzos por mi boca, como lava por el Etna. Me hundía sin remedio…y me ahogaba doblemente: no podía respirar ni fuera ni dentro del agua. Mi hermano me salvó de lo que hubiera sido un típico ahogamiento de verano: “¡Se hinchó a higos calientes y se tiró al agua!”. Por suerte no hubo testigos y el hecho no pudo convertirse en noticia: no se movió del sitio.

     No fue como aquella vez, cuando los paracaidistas se lanzaron en tropel sobre el desierto del Ajauque. Todo el pueblo en procesión acudimos al ensayo del apocalipsis. Los aviones atronaban y hacían sombra cual espesa manada de tordos. Del cielo caían (paracaidistas) a decenas, como cápsulas de opio. Resultó un éxito. Volvíamos de a tres comentando las incidencias (las impresiones, más bien). Y en esto que la abuela “Matafulas” me vio y lanzó un grito de plañidera de oficio que hizo girar en redondo un avión rezagado y elevarse al último paracaidista…que se perdió en la inmensidad de aquel cielo azul-plomo agitando las piernas de terror. Me abrazó. Me cubrió de besos con sabor a anís y me rasgó la cara de arriba abajo con sus cerdas, más afiladas  que cuchillas…  ¡Estaba vivo! ¡No me había caído encima una de esas gigantescas cápsulas de opio!...como estaba empezando a formularse. También salí vivo del abrazo.

     En este caso lo que no había ocurrido, se convirtió en noticia y se propalaba a la velocidad de la sombra. Por suerte llegué a mi casa antes que el “bulo”. Mi madre se ahorró aquello de: “Si te mueres, te mato”…y pudimos cenar en paz las acostumbradas patatas con ajo.




      Y había “bocaminas” de benéfica y templada agua (por la cual es famoso el pueblo en el mundo entero). Las “bocaminas” eran otra cosa. Brotaban en los sitios más insospechados: entre almendros, entre las uvas, en pleno desierto… Según te acercabas oías borbotar el agua espesa y perfumada. Veías el humo salir de la tierra.  En torno a esas grietas surgía una flora delicada y casi marina. Normalmente compartías el sitio con las abuelas que intentaban calmar sus dolores y la viveza de sus recuerdos. Te abrazaban, te lavaban…mientras te preguntaban ¿y tú de quién eres? Eran lugares atávicos; restos del reino de Pan; pedazos de Arcadia. Te frotaban la piel con romero y con salvia…

     Naturalmente han desaparecido todas. Si quieren Vds. baños termales, tendrán que acudir al Balneario y allí entrar en una relación comercial.

     Y hablando de agua y tal  ¿Recuerdan Vds. los “pilares”? Nosotros nos surtíamos del de Miguel Servet, al lado de la casa del “Boli”. Allí se concentraban los animales después del trabajo. Los caballos se revolcaban entre asfixiantes nubes de polvo. Los burros aceleraban el paso y metían pacíficos sus hocicos en aquellas aguas plagadas de avispas, tábanos y sanguijuelas. Las personas (mujeres y niños) hacíamos cola delante del grifo para recoger el agua necesaria.

     Un día Josefa “la de los pavicos” se presentó en la cola con sus dos cubos y el cántaro, más amarilla que el azafrán. No se encontraba bien… ¡era evidente! La dejamos pasar.

      ––¡Ay, he’manica he’mosa, gracia’h! Una no e’htá pa ná. Tengo a mi he’mana Rosa en la cama…más malica quel decil.

     Puso el primer cubo debajo del grifo y apretó…tanto, que se hizo encima. Fue un ruido de nubes desgarradas, de tormenta inusual y un olor a cieno mezclado con leguminosas, partiendo del punto de toma, se extendió hasta la casa del médico. Josefa se desplomó simulando una dolencia de las peores. Las mujeres le hicieron aire con sus faldas, y los niños nos sujetábamos el lugar donde debería haber estado el estómago… ¡de la risa! Josefa profundizó en su dolencia y decidió perder el sentido.

     Los alaridos alertaron al galeno. Se asomó a la ventana y recabó noticias. Todo apuntaba a una de las frecuentes lipotimias veraniegas. Salió, todavía llevaba la babilla en la comisura, y fue hacia el tumulto. Apartó a las mujeres para que corriera el aire y cuando corrió, una vaharada espesa lo detuvo en seco. La Josefa abrió un ojo y se lo guiñó al médico:

     ––¡Hala! ¡Llevadla a su casa y que descanse!

     Cuatro mujeres la cogieron por las extremidades y la condujeron a casa como un epitafio griego. Otra, detrás, llevaba los cubos, uno en cada mano y el cántaro, en la cabeza…en un ejercicio sobrenatural (que allí era natural) de equilibrio y de cotidiana solidaridad.

     Los niños seguíamos a lo nuestro que era coger avispas. Cuando había plaga (y entonces la había) nos las pagaban a cinco la perrica… ¡pero vivas!

     No sé si Vds. sabrán que hay avispas que no pican, que en vez de un aguijón duro y peligroso tienen dos tiernos hilos velludos e inofensivos; tienen, además, los ojillos verdes y, en general, son más peludas que las normales, que son como de cerámica. Se distinguen de lejos. Así que éstas eran las principales víctimas. Para completar el jornal, sacábamos las avispas ahogadas y las enterrábamos en la tierra caliente…pues bien: ¡al cabo de un cuarto de hora resucitaban!...por aquello de la respiración cutánea…Y entre unas y otras sacábamos una peseta o seis reales, que, excitados, gastábamos en el puesto de la “tía Peladilla”…




“CENIZO”



Lo que sigue me lo contó una amiga.

 “Mi padre, veterano de la quinta del biberón, llegó a encumbrarse en calidad de Catedrático de Griego Clásico en un Instituto de Enseñanza Media de una pequeña ciudad de provincias.

     Gracias a mi progenitor aquella ciudad ignorada, alcanzó gloria, fugaz pero intensa.  El espeso y abundante saber de mi padre, convertido en leyenda local, alcanzó el Centro y de allí se remitieron encargos de enjundia, impropios de una ciudad de tan poco realce. En realidad eran impropios, como verán, en cualquier espacio y tiempo.  Colegas de más dignidad académica le pedían consejo y gustaban de desentrañar con él los amplios y heterogéneos significados que se desprendían de una frase mínima. La opinión de mi padre, prevalecía.  Tardes enteras con un fragmento de Heráclito. Fines de semana de una quietud plomiza en torno al “Proemio” de Parménides.  Y yo oía un sonido como de frutos secos entrechocando.    Cuando alguien vislumbraba la salida del embrollo, gritaba: “¡Thalassa, Thalassa!” y cuando el embrollo quedaba resuelto, “¡Eureka!”…Eran como niños.

Uno de los encargos más disparatados fue enviarlo a Guinea Ecuatorial a examinar los conocimientos  de los niños de la colonia. Repito: enviarlo a Guinea Ecuatorial a recabar información sobre el conocimiento de los bachilleres de Santa Isabel (Malabo) en la isla de Bioko, acerca de una lengua muerta.  Aquello sonaría como el grito de un animal exótico. En aquellas selvas vivas, húmedas y lujuriosas el solo sonido de una lengua muerta apestaría en cuanto saliera de la boca y expandiría un tufo a lengua de ñu echada a perder. No una vez, sino dos. Dos veces tuvo, mi padre, que hacer las maletas y marchar a la selva con su cargamento de Jenofontes y Tucídides. La primera vez volvió con un casco de explorador, color crema, que yo confundí con un orinal. La segunda, con un loro: gris como la ceniza de la combustión de diferentes tipos de madera. Tenía reflejos negros y las plumas timoneras de un rojo sangre. Mi padre se presentó con su maleta en la izquierda y un bulto oval cubierto con un trapo en la derecha. Supe enseguida que se trataba de un pájaro. Estábamos acostumbrados al traslado de palomas y de perdices. No me imaginaba, sin embargo, que se trataba de un loro de 40 cm de altura y con un pico capaz de hacer regatas. Su nombre era “Cenizo” y su vocabulario, en dos lenguas, infinito. Hablaba en lengua materna y en lengua colonial Lo de “Cenizo” no sólo se refería a la evidencia, sino también a que, según las malas lenguas, había conseguido exterminar a dos generaciones. Dicen que exhalaba una rara enfermedad, mortal de necesidad. En realidad, no quiero entretenerme en el asunto, era su propia longevidad. Tenía, cuando entró por la puerta de nuestra casa, 65 años…Tiempo suficiente para haber visto morir a sus dos dueños anteriores que murieron del dengue. 

 

     Fue regalo de un mulato sobresaliente, agradecido por la distinción que mi padre le otorgó. Con esa donación se libró del maleficio, al tiempo que agasajaba a la autoridad.

     El loro llevaba escrita en la cara el desconsuelo (y la perfidia). De igual manera como aprendía palabras, aprendía expresiones. Llegó justo al comienzo de la temporada veraniega, cuando las reuniones de los “helenistas” se hacían más frecuentes y las discusiones más acaloradas. Colgamos la jaula de una rama baja de la higuera del patio y lo hicieron testigo de los ejercicios de hermenéutica. Cuando empezaba el otoño, añadió una tercera lengua a su bagaje. Recitaba el comienzo de la “Oración Fúnebre” y la discusión de los atenienses con los habitantes de Delos. Se adelantaba a todos con sus “Thalassa” y sus “Eurekas”. Diríase que perforaba con su pico los cerebros de los eruditos y alcanzaba sus (de ellos) presentimientos antes de que llegaran a ser formulados. A mí me cogió una gripe y a mi hermano la escarlatina. Mi padre empezó a dar crédito a lo de “Cenizo” y lo miraba con aprensión. El loro añadió la “aprensión” a sus ya dominadas, “perfidia” y “desconsuelo”.
 
     Pasó el tiempo, empaquetado en años. El círculo de “helenistas” menguó. “Cenizo” ensayó el “desconsuelo”; y el resto, haciendo de tripas corazón y como homenaje al muerto, redoblaron sus afanes. Mi padre aceptó, ya a la vejez (el loro había cumplido los 80), el encargo hecho por una editorial popular de traducir, de forma asequible, la “Ilíada”. Yo estaba en edad de formar familia y mi hermano había volado. Mi madre seguía atendiendo a los eruditos. Había empezado 1975.  La higuera seguía dando brevas en verano e higos en otoño. El loro vio bien la resolución de mi padre, pues la insistencia con Tucídides empezaba a pesarle como una losa sobre su natural curiosidad (a estas alturas, necesidad imperiosa de ampliar el radio de acción).

     Y se pusieron manos a la obra.

     Liberados de sus obligaciones académicas, dedicaban días enteros a los aqueos, a los troyanos y a toda la maraña divina que dirigía sus destinos. 

Ya desde el principio se puso de manifiesto el diferente sentido poético de los dos “helenistas” sobrevivientes. “La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles, maldita…” Fue mi padre quien propuso este brusco comienzo. Su colega le hizo notar la semejanza fonética entre “oh, diosa” y “odiosa” y dijo que podría confundir al lector sencillo y a sus hijos, que oirían de labios de sus padres el relato. Y propuso: “Canta, diosa, la cólera maldita del Pélida Aquiles…”. Mi padre argumentó la necesidad de que el texto empezara por “La cólera”, puesto que de esto trataba la cosa. Se trataba de “Cantar” la cólera de Aquiles…parecería lógico empezar por “Canta…”, argumentó el otro.  Y así, versículo tras versículo, pasó el 75 y las elecciones del 77, sin que hicieran mella en su férrea cerrazón al mundo exterior. “Cenizo” perdía las plumas, que caían, dando giros, sobre los papeles martirizados y volvió a hablar en su lengua original por efecto de una extraña amnesia anterógrada.

     Ya próximos al final del encargo, cuando los troyanos se afanan en acarrear la leña para la pira de Héctor, se enzarzaron en el 785: “Y al amanecer del décimo día, procedieron al sepelio del héroe Héctor llorando; colocaron el cadáver encima de la leña y prendieron fuego”. Mi padre no pudo soportar esa prosa tan alejada del aliento homérico. Había empezado el frío y se discutía en la cocina, arrimados a la mesa de camilla. Cada palabra brotaba envuelta en una espesa nube de vapor. El loro, ocupaba una silla, en calidad de oyente desentendido. ¡“Aurora” y no “amanecer”!  ¡“Audaz” y no “héroe”!  ¡“Pira” y no “leña”!... Fue tanta su agitación y su hartazgo que derribó de un mandoble la frágil mesa del brasero. Las brasas prendieron en la manta acrílica. El fuego saltó al mantel de algodón. Del algodón pasó a los papeles y de los papeles a las plumas resecas del loro, que, oyente desentendido, quedó reducido a cenizas. Así, en la misma pira que Héctor “el troyano”, acabó su existencia el loro “Cenizo”. Sus últimas palabras, pues fueron dos: “¡Thalassa¡ ¡Thalassa!” fueron incapaces de sofocar el incendio.

     Ese mismo día (1 de noviembre) alguien descubrió “Quirón”, el primer centauro de los muchos que circunvalan el sol entre las órbitas de Jupiter y Saturno. Al día siguiente una terrible tormenta, inusitada, se desplomó sobre Atenas causando la muerte de 38 personas. Los “helenistas” lo vivieron con aprensión. Y como la última perfidia del pájaro.